Andes del Norte 4 - Chachapoyas y las necrópolis colgantes
Marzo 19th, 2010
Me desperecé de un sueño reparador con el ruido de los cascos de los caballos resonando en la calleja empedrada. El martilleo tan típico me hablaba de los hombres partiendo hacia sus chacras, pero también evocaba el nuevo día de aventura que me aguardaba.
Los Chachapoyas nos han dejado decenas de necrópolis, de estilos y épocas diferentes. Atravesando la neblina y los siglos de olvido ellas se nos revelan poco a poco y a partir de hoy yo iba a poder descubrir toda aquella riqueza.Continuar–>>
Por las amplias aberturas del comedor donde tomaba el desayuno, podía ver la escotadura del valle por encima de los techos de tejas invadidas de musgo. Gladys, la adorable dueña de la pensión “La Casona de Leimebamba” me había preparado una apetitosa tortilla donde se mezclaban tomates, hierbas finas y queso de cabra. La frescura del pan recién sacado del horno a leña de la casa y la mermelada de naranjas del jardín me provocaban, peligrosamente, la tentación de quedarme en este bendito lugar por varios días.
Pero las promesas de los días venideros fueron más convincentes. Los gritos estridentes de un enjambre de loros verdes acompañaron nuestra partida en el aire perfumado de la mañana. Hemos alcanzado el valle del Utcubamba y me repasaba por la mente este nombre cargado de tanto exotismo para un extranjero, y que en quechua significa “valle del algodón”. Encajonado, serpentea sin mesura, como el río que corre entre los bosquecillos. La vegetación no se decide entre selva alta y baja montaña, tanteando entre especies vegetales que se entremezclan sin fin.
A 1800m de altura de hecho estamos en el punto medianero que ofrece las más espectaculares combinaciones botánicas del Perú. Las casas de dos pisos se hacían más y más frecuentes. Albergaban bajo sus pilares a familias de campesinos de faz tímida que se les iluminaba al menor saludo. A cada parada había una sonrisa, una inclinación de la cabeza, un breve intercambio de palabras; la amabilidad de la gente me recordaba hasta qué punto esta espontaneidad era muchas veces afectada por el turismo intensivo.
Hemos llegado a Yerbabuena, abocada toda a su mercado dominical. Naturalmente me zambullí en él por un instante, escurriéndome entre los puestos desbordantes de frutas o de ojotas, esas sandalias hechas de llantas recicladas, entre el enorme ganado y sus dueños metidos en duras negociaciones o abrazándose efusivamente, todo ello teniendo como fondo música andina, las arengas de los mercachifles o las recomendaciones de los chamanes.
Proseguimos nuestro camino, tomando el valle perpendicular, dominado por una gigantesca pared rocosa; es allá arriba que nuestra primera necrópolis chachapoyas, conocida como Revash, nos esperaba. Hemos buscado al arriero y sus caballos. Allí tuve el más cómico contacto ecuestre de los últimos años. En efecto, me tocó un caballo marrón, de cabeza completamente blanca y con ojos… ¡azules! Mirándome junto a él, la hija del arriero, pequeñita ella, jala a su padre de la manga y le dice, señalándonos: “¡son igualitos!” Nos hemos reído a más no poder.
Comenzamos el ascenso con una escenografía soberbia; el caballo abriéndose paso entre la abundante y fragante vegetación. Una hora más tarde, estaba al pie de la imponente pared rocosa y allí, suspendida en una hendidura, una hilera de construcciones desafiaba la ley de la gravedad. Recorrí a pie el trecho más empinado que se perdía entre helechos y agaves gigantes que parecían montar guardia. Me detuve, ante el encanto misterioso emanado por la estrecha cornisa que albergaba la necrópolis de Revash. Enormes diseños rupestres de color rojo coronaban dos grupos de construcciones que miraban al vacío y al horizonte montañoso.
Hechas de ladrillos de barro seco y aún recubiertas de estuco rojo, blanco ù ocre, las construcciones a veces tenían tres niveles y parecían soldadas a la roca. Detalles ornamentales capturaban la atención. Nichos rectangulares, cruciformes o en forma de T conferían estilo a los muros, pero era todo el conjunto de estructuras imbricadas el que sugería algo muy singular. ¿Sería que sus formas copiaban las antiguas habitaciones del pueblo que vivió un poco más abajo en el valle y de los cuales los siglos borraron el nombre? ¿Quiénes eran esos constructores de tumbas suspendidas entre tierra y cielo?
El respeto dedicado a sus muertos llamaba la atención y hablaba de su refinamiento. Lejos de los vivos, en el silencio de su balcón, las momias habían sido subidas hasta allí y colocadas en esas magníficas sepulturas colectivas, sin duda familias, para descansar en paz. Dirigidas justo hacia el sur, al abrigo de la hendidura, las tumbas escapaban a los rayos directos del sol, así como a las lluvias tan frecuentes en la región. Como los huaqueros pasaron lastimosamente por ahí, sólo subsisten unos pocos objetos funerarios intactos; pedazos de cerámica, plumas y tejidos es todo lo que quedó de los fardos funerarios antaño almacenados aquí.
Me senté en el silencio embrujador. El lugar se prestaba a la evocación de esos pueblos enigmáticos, como los Chillaos o los Chilcos, quienes, como la región, responden al término genérico de “Chachapoyas”. Ese nombre proviene del quechua, el idioma inca, y significa “bosque nuboso”. En efecto, la región presenta, por largos meses del año, una abundante nubosidad y por extensión los Chachapoyas se llamaron el “Pueblo de las Nubes” o “Sachapuyus”. Pero ¿de qué “pueblo” se trata? o ¿quizá tendríamos que hablar de la “tradición Chachapoyas”? Las características específicas en las construcciones, así como el contenido de las sepulturas ya han permitido identificar variaciones y constantes. Los arqueólogos, en plena obra de investigación en toda la región, no han podido determinar con certeza, todavía, si se trataba de clanes o de etnias diferentes.
Cohabitaron desde el 800 al 1470 d.C. en esta región aislada que se extiende sobre un territorio algo más grande que Bélgica. Numerosos objetos encontrados han puesto en evidencia el rol clave que jugaron los Chachapoyas en los intercambios este-oeste en el Perú antiguo. Fueron el nexo ineludible entre la selva amazónica norte y los andes centrales (Cajamarca), estando éstos a su vez conectados con la costa pacifica. Una cosa resulta cierta: los Chachapoyas no formaron una alianza lo suficientemente compacta como para resistir en un frente común a las tropas incas que los invadieron, incorporándolos por la fuerza al imperio del Tahuantinsuyo en 1470.
Mañana, seguramente otros lugares extraordinarios aparecerán en mi camino; pero ahora, sentado en el trampolín hacia el paraíso de los Chachapoyas, solo me llenaba de una inmensa porción de estos paisajes armoniosos que el Perú regala al viajero.
Traducción: Alex Abuid y Daniel Ritière











Nuevamente pongo de manifiesto esa mezcla para narrar entre lo historico y ilustrativo hasta de cosas cotidianas de lo recorrido , lo cual hace muy ameno y nada cansado leer tus textos, muy jocosa la anecdota y la comparacion del equino, es como colocar chispas de chocolate a un pastel , le da ese toque diferente
Los textos me hacen más creativa la imaginación por lo ameno de la narrativa, y las fotos ni qué decir, siempre admiré tu arte y tuve la oportunidad de compartirlo con gente allegada a mí y con mis alumnas de San Silvestre al final del año pasado.
Nuevamente GRACIAS Daniel, “el eterno enamorado de todo lo que significa PERÚ”.
Gracias por sus comentarios fieles lectores ! Hay tanto por escribir…el Perú es una fuente de inspiracion inagotable ! Espero provocar con esos textos y fotos mas conciencia de parte de los Peruanos, consciencia de la particularidad de su pais y conciencia que hay que hacer todo para preservarlo y mas respetarlo.
que meravilla, yo tambien conoci a Gladys pero no llegue a Revash que lastima. Las fotos son estupendas. gracias
Gracias ! Bienvenido !